“Estudios científicos revelan que las mascotas experimentan miedo, celos, tristeza y, en especial, amor”

FUENTE: Mary Carmichael/Newsweek Magazine – El Universal ( VIA FACEBOOK )

«Hace poco John Van Zante vio a Max, un labrador retriever, sentado tranquilamente en un hogar para ancianos junto a una mujer en silla de ruedas que le acarició la cabeza durante varios minutos. No fue sino hasta que la mujer se movió del lugar que Van Zante se dio cuenta de que la silla de ruedas había estado sobre la cola de Max todo el tiempo. Max no se había quejado en lo absoluto. “Evidentemente le dolía, pero parecía saber que la mujer tenía necesidades especiales, así que lo aguantó”, dice Van Zante, director de comunicaciones del Centro para Animales Helen Woodward en Rancho Santa Fe, California.

Van Zante no entiende por qué algunos científicos argumentan que los animales no tienen emociones, que sólo responden a incentivos, como autómatas. “Si fuéramos simplemente una fuente de comida, estoy seguro de que la reacción de Max hubiera sido distinta”, dice. “¿Acaso los científicos no saludan a sus perros que agitan la cola cuando los reciben?”

Bueno, sí. Pero son más escépticos en cuanto a lo que ven. Durante décadas, los sicólogos han descartado la idea de que las mascotas pueden amar a los humanos. Argumentan que los animales que aparentan expresar emociones simplemente están reaccionando a impulsos hormonales disparados por “estímulos externos”.

Pero ese punto de vista está cambiando, gracias a un pequeño grupo de investigadores. A partir de estudios con perros, chimpancés y muchas otras criaturas, la ciencia ha comenzando a coincidir con lo que los dueños de mascotas siempre han sospechado: los animales experimentan miedo, celos, tristeza y, lo más importante, amor.

Cada vez más dueños de mascotas dependen de sus amigos peludos para obtener apoyo emocional. “La gente está posponiendo el momento de tener hijos, pero aún necesitan esa conexión, ese amor”, dice Tamar Geller, dueña de The Loved Dog Co. en Los Ángeles. Además de Charles Darwin, la mayoría de los investigadores del comportamiento animal creían que éstos no tenían emociones, o que, si las tenían, nunca lo sabríamos. Con el paso de los años, dicha creencia se transformó en dogma. Luego, en los 60, llegó Jane Goodall. “Siempre tuve un maestro increíble”. Rusty, un perrito negro que vivía en un hotel de su vecindario, “iba conmigo a todas partes, y ni siquiera era mío. En el hotel, era desobediente, pero conmigo era muy obediente y sensible. Por supuesto, pensaba que los animales tenían emociones, personalidades”. Sin saberlo, Goodall se rebeló contra las prácticas científicas estándar en la selva africana, dándole a sus chimpancés nombres en vez de asignarles números y describiendo su comportamiento con palabras como “alegría”, “depresión” y “tristeza”. Los expertos de la Universidad de Cambridge se mostraron escépticos, pero sus estudios eran irrefutables. Hoy, investigadores que continúan el trabajo de Goodall han descubierto que la mayoría de los animales experimentan miedo, la más antigua de las emociones, y que muchos pueden sentir algo similar al amor.

“Aman” pero a cambio de cobijo, afecto y comida

No es de sorprender que el animal que ha mostrado mayor complejidad emocional es el perro. Estudios recientes muestran que son incluso mejores que los chimpancés a la hora de interpretar las emociones humanas, lo que indudablemente les ayudó a conseguir alimento y refugio en las cuevas del hombre primitivo.

Samuel Gosling, biólogo de la Universidad de Austin, Texas, dice que es posible “tipificar” cuatro dimensiones de la personalidad canina: sociabilidad, afecto, estabilidad emocional y “competencia”, que es una combinación de obediencia e inteligencia. Estas dimensiones son muy similares a las categorías de la personalidad humana. El problema con estas investigaciones es que muchos entusiastas, especialmente gente sin conocimientos, tienden a pasarse de la raya. Comparar las emociones humanas con las animales es como comparar la visión en blanco y negro con la visión en color, es el mismo concepto, pero ésta última es muchísimo más compleja. En lo que se refiere al amor, las mascotas adoran a sus dueños, pero no de la misma forma en que nosotros queremos a nuestra familia. “Lo que los induce al cariño es muy primitivo: comida, cobijo, afecto. No piensan, este tipo se ve interesante, voy a ser su amigo”, dice Jon Katz, autor del reciente libro The New Work of Dogs .

Gracias a los nuevos estudios tendremos respuestas y también nuevas preguntas: ¿es justo mantener a seres con emociones en jaulas y patios pequeños? Si las ratas y los conejos sienten, ¿cómo podemos justificar los experimentos en ellos? Las investigaciones con animales de granja apenas comienzan, ¿cambiarán nuestros hábitos alimenticios? Y, ¿pueden nuestras mascotas querernos realmente? Al menos, esta pregunta ya está resuelta, no importa quien la conteste, la respuesta es sí.»

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