La realidad de los Perros de la Calle

El diario tucumano que según su slogan más tradicional dice la verdad (a veces pienso que solo dos íconos mundiales capitalizaron la verdad absoluta: Bush y el Papa, y con sus respectivas consecuencias…), publicó esta mañana en su edición de papel, sección Cartas de los Lectores, la “imagen del día”, una fotografía con el título: Perros abandonados en el Microcentro.

Foto La Gaceta

El epígrafe de la fotografía dice: “Todos los días, las calles del microcentro son literalmente invadidas por una enorme cantidad de perros abandonados. En la mañana de ayer, por ejemplo, una jauría se desplazó a lo largo de la calle Muñecas, sembrando temor e indignación entre los transeúntes. Lo que inquieta es que todo esto ocurre a la vista de los agentes municipales, supuestamente encargados de poner orden en la ciudad.”

Sí, es verdad, hay muchas mascotas abandonadas en la calle del centro capitalino de Tucumán, igual que en cada barrio del interior o en cualquier provincia argentina. Sí, es verdad, los municipales no hacen nada (tampoco las autodenominadas “protectoras” oficiales provinciales, pues pierden el tiempo discutiendo quién tiene más razón o más verdad). Mi experiencia personal al respecto: dos años intensos de propuestas estratégicas y campañas de concientización que la gestión anterior de gobierno nunca implementó: castraciones gratuitas masivas como medidas de control de natalidad, desparasitaciones y planes de salubridad, mejora en el funcionamiento del albergue municipal…, y un montón de sugerencias que como ciudadanos estuvimos dispuestos a desarrollar codo a codo con los funcionarios, pero que nunca se implantaron a causa de las oportunas excusas burocráticas (o más bien, falta de interés… ¡Es que… los perros no votan!).

Sí, es verdad, la gente tiene indiganción, porque simplemente no es gente. Pisan a los que duermen en las calles, corren con sus automóviles como si no existiera otra especie, mezquinan sus comidas a quienes más lo necesitan, e incluso abandonan a estos maestros del amor, como lo son nuestros animales… (aunque… también lo hacen con los niños, y no es que sea diferente: son seres y animales igual que nosotros).

No comprendo cómo un referente de la idiosincracia popular local se ateve a emitir juicios antinaturales y en desmedro de las vidas que sus mismos lectores, como cualquier ciudadano común, no deja de castigar con su indiferencia… He recogido muchos de estos animalitos, y a los que no encontré hogar, acabé adoptándolo yo mismo. También he curado algunos con o sin mis veterinarios conocidos, y hasta he alimentado en la misma vía pública tratando de predicar la solidaridad con el ejemplo… Pero sï, es verdad, el ciudadano de San Miguel de Tucumán no se dá cuenta de la vida que sufre, porque simplemente no se dá cuenta de nada que tenga valor auténtico: sí, es verdad, y estamos todos involucrados en ésto.

Mi comentario a la discusión en la edición digital:
El nivel de agresividad en algunos comentarios al artículo on-line es lo que realmente nos debería atemorizar. Los animales abandonados son una realidad, igual que la saturación de las casas particulares que los albergan porque todavía creen en la igualdad de los animales humanos y no humanos. No es cuestión de decir: “al que (no) le guste, que se la banque”, porque de esa manera se deslinda la responsabilidad en el otro, un “otro” que ni siquiera el autor conoce (y menos aún: re-conoce). Trabajar por la protección de los animales trae muchas consecuencias como la de ser patoteado por taxistas que se ofenden cuando uno les indica que vaya más despacio con su “F1” porque casi atropella a un niño o animal, o atestiguar que el compatriota, aún cuando le sobre, niega la comida al ser que lo necesita… (niño/animal). Eso no es digno de ser humano. Y me acusarán de bestia, y con todo gusto preferiré que me llamen “animal” a ser humano. El ser humano está olvidándose de las responsabilidades, de la capacidad de “responder-por” sus acciones. Culpando a políticos de turno también nos hacemos irresponsables de nuestros actos y olvidamos nuestros derechos. Recuerden que este año se cumplen 30 años de la Declaración Universal de los Derechos de los Animales, y como país ni siquiera nos “ocupamos” aún de los DD. HH., porque no re-conocemos en el otro la igualdad (sea humano o no). Hace casi un año, luego de la conmemoración del Día del Animal, se le reclamó a los funcionarios de la ciudad capitalina que tomaran cartas en el asunto respecto del control poblacional animal, poniéndonos como “humanistas” a total disposición y a trabajar ad-honorem en lo que requiriera la “ocupación” de esta problemática que tiene “indignados” a unos pocos, pero no por la amenaza de compartir los espacios que, como opinaron algunos, estos animalitos no merecen; sino por la impotencia de no poder “ser” partícipes de una pseudo-demokratía saturada de librepensadores pero faltada de operadores. También las supuestas Protectoras Animales están posibilitando con su ausencia que ésto se agrave, y no es solo aquí. Lo ideal sería poder acudir como ciudadanos en busca de una solución que persuada con la fuerza de la opinión pública (y con ésto no desmerezco, sino más bien agradezco, la capacidad de algunas personas que voluntariosamente colaboran con el Albergue Municipal), ya que un cambio cultural exige una perspectiva amplia e interdisciplinaria. Tal vez así afectemos el contexto. Pensemos con responsabilidad, no acusando gratuitamente. Los animales abandonados (mascotas) son una realidad de la civilización: que excluye a la Naturaleza.
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