El Tiempo: “Este domingo es el día del perro callejero, iniciativa de 76 mil miembros de la red social Facebook”

FUENTE: EL TIEMPO
BOGOTÁ, COLOMBIA

La idea propuesta por el chileno Ignacio Gac y según la página, este día busca que las personas salgan a la calle, de manera individual, y hagan algo por el bienestar de uno de los canes sin hogar.

Por su parte, la Asociación de Protectores de la Fauna Colombiana (Aprofac) se unirá a la celebración y atenderá gratuitamente a los perros y gatos que lo necesiten, en su consultorio ubicado en la calle 71 # 17- 65, de 10 a.m. a 4 p.m. Info: 3112808231.

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‘Motas’, que vive a las afueras de Corabastos, recibe el cariño de los hijos de los recicladores y otros habitantes de ese sector. ‘Lucas’ (foto izq. arriba) y sus compañeros se enfrentan diariamente a los peligros de las calles de la ciudad, y a parásitos, como las pulgas. ‘Mechas’ (izq. abajo) ya hace parte del paisaje de San Victorino, donde vive.

Así viven en Bogotá tres perros callejeros]

Como no tienen nombres, se les bautiza para efecto del cuento: ‘Lucas’ vive en el Eje Ambiental; ‘Mechas’, en San Victorino y ‘Motas’ merodea por Corabastos.

No tienen pedigrí, ni gastan sus días entre las caricias de un dueño amoroso, los niños que los convierten en bebés o dinosaurios o paran las orejas y los rabos al sonido del concentrado que sale generoso de una bolsa.

Como sus homólogos humanos, llegaron a la calle por error, por casualidad o nacieron allí. Viéndolos vivir, uno pensaría que no son unos perros comunes, sino que pertenecen a una nueva raza, los canis urbanus, a los que la dura calle les cambió los hábitos y los devolvió a ese tiempo salvaje, el de la manada. Hasta su patas, muchas veces heridas, parecen ya adaptadas a esas nuevas superficies de la metrópolis, que van desde el césped hasta el pavimento que arde al mediodía.

Lucas

‘Lucas’ es negro y algo perezoso. Se mueve entre el Parque de los Periodistas, la calle 19 y la Universidad de los Andes con la frescura de un propio. Comanda una banda de seis perros, cuyos colores están entre el blanco y el café. Él manda el juego.

Cruzan la calle 19 con carrera Cuarta hacia el sur, muy orondos, con su pasito apretado, para pararse frente a una tienda de pollos, abajo del Centro Comercial Barichara. Su primera lucha es esa, buscar quién les eche cualquier cosita para llenar el estómago.

Luego Lucas se pone a pedirle comida a una señora que recoge desperdicios por los restaurantes y a la que usualmente se le pega en sus recorridos. Pero aún no aparece el desayuno.

La manada empieza su romería por el Eje Ambiental. Hunden sus hocicos en los espejos de agua y le buscan camorra a unos dálmatas ‘ricos’ que pasea una señora de buzo gris y cabello rubio en trenza.

Se echan al sol, huyen de los ladridos de los perros de seguridad. Y llega un ángel: una señora trae una bolsa llena de pan y concentrado, que les sirve a ‘Lucas’ y sus amigos para distraer el hambre.

Mechas

Las tetas y los ojos de ‘Mechas’ están rojos y sus patas, ampolladas por las troterías.

Junto con León, un can gordo del que los gamines dicen que “sacarían muchas salchichas”, comparten la esquina de la carrera 12A con Décima.

Su vida es huir de los afanados compradores, de los carros que tratan de salir del embotellamiento del centro y de los mismos ñeros que, si no los quieren, pueden terminar metidos en sus platos.

Su día, largo, trascurre debajo de las sombras que producen los aleros de las casas viejas. Sus movimientos parecen regidos por el sol: de un muro a otro, y a la espera que uno que otro vendedor ambulante le regale algo de su almuerzo.

Motas

Es negro profundo y está en los huesitos. Su cola, que nadie nunca cortó y lo delata como callejero de ‘pura cepa’ se enrosca y la mueve el viento de julio, con el que pelean los recicladores que se parquean enfrente de Corabastos.

La vida de ‘Motas’ transcurre entre sopladores de bazuco y cachivaches que se ofrecen en sábanas que tienden sobre el suelo.

A diferencia de sus congéneres, su comida le llega casi a domicilio: los recicladores vacían sus costales y ahí de algo se pega.

Es tan pequeño que uno se pregunta cómo logra ganarles la pelea por el alimento a otros de su ‘clase’.

Sin embargo, a falta de fuerza tiene un arma infalible. Esa aura de desprotección que genera lo hace el callejerito más querido de la cuadra y cuando los niños pasan, siempre le tocan su cabeza y le juguetean. Y él parece feliz.

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